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DE BOYACÁ Y SUS CAMPOS, AL CAMP NOU Por: Orlando Buitrago Cruz Claro está que, esas escuadras estaban integradas por muchachos de la zona CUNDIBOYACENSE y por costeños, vallunos, paisas, llameros, pastusos, santandereanos, amazónicos, opitas y tolimenses cuyas familias, por distintas razones, vinieron a parar en Bogotá. Ninguno de los jugadores de los equipos antes citados había hecho un viaje más largo que el de su tierra natal a Bogotá. Los que éramos de aquí a lo sumo habíamos viajado a Chía, Usaquén, FONTIBÓN o Soacha a comer fritanga dominguera, y los de familias medio “acomodadas” conocían Melgar, Mesitas y Girardot. Los únicos que habían tenido algún contacto con el exterior eran un pastuso que muy niño vendió hervidos en el lado de acá del puente RUMICHACA, un cucuteño que había ayudado a sus padres a cargar costalados de contrabando provenientes de San Antonio del Táchira, y un leticiano que habían perdido la virginidad en un burdel de la frontera con el Brasil. Como podrán notar el asunto era bien CHIBCHOMBIANO, pero los nombres de los equipos venían de otras latitudes, lo cual es una señal de nuestra genética atracción por el fútbol del exterior. Sin embargo, orgullosamente debo aclarar, que el único equipo que tenía un nombre propio de la tierrita era el mío, se llamaba; SATUPSOL. Siempre que me preguntaban por la procedencia de dicha denominación, muy comedidamente solicitaba que lo leyeran al revés. Ah buenos tiempos aquellos. Yo era titular indiscutible de SATUPSOL, tres veces campeón del INTERCUADRAS de banquitas del barrio TABORA. Mi puesto era el de arquero, aquel que se reservaba a los troncos de la época, sin embargo yo fui estrella consagrada, pues como era bien chiquito, y bien gordito, copaba todo el arco, y este quedaba como la Bogotá soñada: ¡Sin un solo hueco! La charla técnica para conmigo era muy sencilla y me la daba cualquier compañero del equipo: “BUITRAGUITO, usted limítese a acomodarse bajo los tres palos, cúbrase los genitales con las manitos, por la cara no se preocupe que si le pegan a lo mejor se la arreglan. En cambio si me le pegan en la zona noble nos quedaríamos sin la gónada del equipo”. Ser el dueño del balón me convertía en arquero titular, y además, en presidente dueño del equipo. Era algo así como un Juan Carlos López o CHIQUI García pero sin ganarme ni un solo peso. En mi calidad de arquero presidente, fui el encargado de colocarle el nombre al equipo, y así nació el glorioso SATUPSOL (reitero, léase al revés), el cual se hizo a un lado de la fiebre de colocarle nombres extranjeros a nuestras escuadras. Y a propósito de fiebres, nuestra genética atracción por el fútbol del exterior anda alborotada por estas días, pues todos, incluidos los periodistas y comentaristas, son orgullosos, y fervientes hinchas confesos, del Real Madrid o del Barcelona (Yo me quedo con el sufrido fútbol del Arsenal). Hoy, periodista futbolero que se respete, sabe al detalle la conformación de titulares y suplentes del Real Madrid, del Barcelona, del Arsenal, del Milán, del CHELSEA y similares. Sin embargo, es usual escuchar a algún comentarista preguntándole a sus compañeros de transmisión: Ala ¿Cómo es que se llama el negrito este, delantero del Tolima? Esta semana después de casi treinta años, me encontré con “EL BOYACO” Rodríguez, otrora defensa de SATUPSOL con una bien ganada fama de coleccionista de tibias y perones, pues el balón rara vez fue su objetivo. Hoy el “BOYACO” Rodríguez es alcalde de un pueblito de su departamento, y hace esporádicos viajes a un consultorio médico de Bogotá, en donde un homeópata le esta solucionando sus problemas de flatulencia. Le pregunté por su vida, y le hice el interrogante futbolero de rigor: Con crudeza me respondió: |
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